La Invención del Amanecer - por Alfonso Forssell



Alfonso Forssell 
(Estocolmo, Suecia, 1987)






 

Soy un hombre langosta, me gusta caminar bajo cielos estrellados, me gustan los exteriores, soy aventurero aunque tengo un lado sensible, me gustaría conocer a alguien con quien pudiera escalar montañas un domingo por la mañana terminando el día viendo películas o escuchando jazz acurrucados en un sofá viejo. No me gusta tanto el agua, pero de vez en cuando me doy un chapuzón cuando mi caparazón se vuelve un horno. Mi color favorito es el rojo, me gustan las mujeres de todo tipo, pero las prefiero altas de piernas flacas. Si te gustan las personas contemplativas pero apasionadas escríbeme, mi dirección es…



El hombre langosta no terminó de escribir la nota, como siempre, se quedaba en la última línea, colmado de dudas, recordando sus últimas aventuras con mujeres, todas tristes, todas incómodas como calcetines mojados, lo que más le roía es que en otros tiempos había sido diferente, en su juventud conoció cierto éxito con las mujeres, les atraía su caparazón, que en aquel entonces era o parecía vigoroso, sus tenazas picudas, su fogoso tono rojizo, y para coronarlo manejaba un Impala 67 descapotado comprado con el dinero recibido de su padre tras ganar un embrollado o más bien tozudo litigio que había durado veinte años, era una adquisición más bien caprichosa y lo sabía, pero a los dieciocho años poco te importa, y para el hombre langosta, o joven langosta en aquellos tiempos, no había nada mejor que sentir el viento tibio lustrando su caparazón, deshilando una estela de jadeos y gruñidos bermejos.



Pero ahora era una mañana nublada unos veintitantos años después, a veces se arrepentía de no haber zanjado su vida en la cúspide, más de una vez lo había imaginado, generalmente en los limítrofes de su cumpleaños, cada año era más triste, cada año lo cercaba más en los espectrales confines de la soledad, y como casi todas las mañanas, el hombre langosta salió de su departamento ubicado en una de las colonias indistinguibles de la ciudad, compró el periódico y fue a la cafetería de la esquina y se sentó a leer, dirigiéndose inmediatamente,como cada vez que abría el periódico, a la sección de avisos oportunos buscando el verbo de algún corazón solitario, un corazón solitario como el suyo, sensible pero aventurero, con gusto por las laderas y las esquinas suaves, un corazón de piernas flacas, esperaba encontrarlos tradicionales anuncios ramplones pobremente velados de pretensiones amorosas, y esa mañana no fue la excepción, así que salió de la cafetería dejando su café con leche intacto y caminó a la heladería de su amigo a tres cuadras de ahí para ver si ya había abierto, no solía abrir hasta las once, decía que no tenía caso abrir antes porque sus mejores clientes eran estudiantes de secundaria que aprovechaban la hora de receso para fugarse, eran diez paralas once, así que decidió sentarse en la banqueta a esperar y se puso a pensar en su amigo, le apodaban el Teacher porque alguna vez había dado clases de inglés en la secundaria de donde ahora venía la mayor parte de su clientela, era bajito y panzón, con ojos que parecía que lo veían todo, azul hielo, de esos que incomoda mirar, un güero de rancho, de físico y modales, un hombre realmente gracioso, al Teacher le encantaba que su amigo fuera una langosta, era una presa fácil para alguien cuyas cabuleadas eran más bien mediocres, peroel hombre langosta sabía que lo estimaba realmente, y que no le gustaba verlo solo y triste,así que en ocasiones lo llevaba a rastras a algún club de caballeros, pero ninguno de los dos era admirador de los senos de silicona y terminaban en algún mirador viendo las estrellas en silencio.



Entonces vio a una muchacha de unos treintaicinco años asomarse por una ventana del achatado edificio opuesto, tenía los labios pintados de rojo y fumaba un cigarro aunque no parecía un cigarro de tabaco, le atrajo su semblante ensimismado, ojos un poco enfermizos y las bocanadas tan displicentes, pensó ver algo de sí mismo en ella, el extravío, pensó, como si hubiera llegado al final de un largo camino para no encontrar nada, sólo una pared mullida, enderezó su coraza quizá por primera vez en años, como si aquel ligero movimiento lo hiciera de pronto más visible, como si no estuviera sentado en una banqueta frente a una heladería pintada de rosa y verde limón, pero ese movimiento no respondía a una medida consciente, era más bien como si su cuerpo decidiera que aún valía la pena ensartarse en los pequeños rituales de emparejamiento, pero la mujer no lo vio, o no le importó que un hombre langosta estuviera sentado frente a la unidad en la que vivía, como si fuera cosa de todos los días, el hombre langosta vio a su amigo doblar la esquina, silababa y llevaba un periódico de nota roja bajo el brazo, miró de nuevo la ventana, esperando encontrar un marco vacío, pero ahí seguía la mujer, ya no fumaba, ahora escribía algo en su celular, quizá un mensaje a un medio hermano alcohólico para conocer su paradero, o tal vez sólo jugaba Solitario. Hoy tenía la esperanza de no ver su triste jeta, le dijo el Teacher mientras abría su changarro. Cállate, chato, y dime quién es ella, señaló el hombre langosta a la mujer del segundo piso, el teacher echó un vistazo y dijo creo que se mudó hace un par de semanas, pero mejor no me hagas caso. Está mona, aunque se me hace que es una de esas mujeres recién divorciadas y sin trabajo que se quedan todo el día viendo el horizonte, aunque en esta ciudad no exista tal cosa. Qué fuerza de voluntad, qué necedad.



El hombre langosta se puso de pie con dificultad, le pidió dos paletas de limón a su amigo,cruzó la calle y se colocó directamente debajo de la ventana. Disculpe, con el calor que hace pensé que le apetecería algo frío, dijo con un hilo de voz mientras extendía su tenazaofreciendo la paleta, sabiendo que era un día más bien fresco, ella lo miró por primera vez y le dijo seguro, sube, y desapareció sin más, él cruzó el pasillo, subió al segundo piso ytocó la puerta frente a las escaleras, no respondió nadie pero momentos después sintió una puerta abrirse a sus espaldas, era la mujer, naturalmente, lo miraba desde una puertaentreabierta cifrada con el número 2046, pormenor que quizá en otras circunstanciashubiera encontrado extraño pero el hombre langosta estaba como embrujado y flotó hacia la mujer, que se movía con una silenciosa agilidad y ahora lo esperaba en uno de los divanes individuales del diminuto departamento, olía a orines y plátano maduro, un oloracogedor, pensó el hombre langosta. ¿Quieres algo de mezcal con tu paleta?, preguntó lamujer, se puso de pie y se dirigió a una vitrina dentada, era alta, llevaba un pantalón holgado pero él juró distinguir unos popotes de piernas, sintió un hormigueo en sus pies, enese momento la mujer le entregó un vaso de mezcal generosamente servido, él le correspondió con la paleta de limón y advirtió que no había dicho nada en todo ese tiempo. 


Eres nueva por aquí, cierto, observó por decir algo, vengo casi todos los días a la heladeríade enfrente que es de mi amigo y nunca te había visto. Yo si te había visto a ti, aunque francamente hoy te ves distinto, menos, no sé, taciturno, contestó la mujer, me llamo

Mirna, me puedes decir Mir, dijo mientras ahogaba la paleta en el mezcal y la sorbía infantilmente, en realidad no me asomo mucho por la ventana, no es por nada pero hay poco que ver por aquí, pero ayer se perdió mi gato, dijo con llana tristeza, quizá sea nuevapor acá pero sé bien que este es un territorio de gatos callejeros que viven bajo la ley de la selva, dijo y sorbió la paleta. Estoy afligida, sabes, pues mi gata puede toparse con dos situaciones: el tintineo de su cascabel es suficientemente rítmico para evocarles ese jazz vertical del que tanto gustan los gatos callejeros y la catequicen como uno de ellos (puedo imaginarla tocando el contrabajo, con unos kilitos de más y sonriendo con su inexpresivo hocico) aunque más probablemente cae víctima de los celos felinos en el campo de batalla,pausó y fondeó el mezcal. Así me gustaría recordarla, como un guerrero, o un samurái, aunque sería más acertado decir como un ninja, pero los samuráis, como los gatos, desenvainan sus filos tan rápido como el viento. Su nombre es Celerina, y el caso es que no creo volverla a ver nunca más. Al hombre langosta le pareció la historia más triste que había escuchado y se enamoró sin remedio, aunque no sabía de gatos extraviados sabía de pérdidas, de la pérdida de la esperanza, de la pérdida de rumbo, la mujer ya no dijo más, su mirada se había enturbiado, el mezcal más bien parecía aguardiente, al hombre langosta le dio la impresión de que el gato era todo lo que tenía en el mundo. Mi color favorito es el rojo y me gustan las piernas flacas, se escuchó diciendo. Ella no reaccionó, miraba el fondo del vaso vacío, en esos momentos imprecisos, silenciosos pero cargados de algo, detonó un jazz zigzagueante que venía del único cuarto de la morada, el hombre langosta inmediatamente reconoció el sax de Coltrane. También me gustan las noches estrelladas, a veces voy con mi amigo el heladero a mirar las estrellas, pero a pesar de su compañía miro las estrellas y me siento solo, y las siento solas a ellas, porque refulgen tan bellamente en un universo silencioso. Pero nuestro universo no es silencioso, Coltrane se encarga de eso. 

Ella sonrió, en ese instante le pareció mucho más joven, menos triste, afuera, más allá de toda lógica, parecía amanecer, pero no amanecía, no era afuera donde salía el sol, sino adentro, en ese minúsculo departamento, donde dos criaturas extrañas intercambiabanextraños gestos, él sin decir nada más le tomó la mano con su blanda tenaza y ella no la soltó. También me gusta el color rojo, dijo ella [[R



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