La vertebra de Dámocles - por Nelson Fabricio Bodero




Nelson Fabricio Bodero 
(Quito, Ecuador, 1991)




La música es al interpretación del universo de aquellos que han visto más allá de lo visible.

Elizabeth Asencio Hernandez.




Queda tan poco ahora que la soledad se convierte en un expediente donde almacenamos con vergüenza el improvisar de noches aceleradas, por esa presencia que nombramos duda. Hay tan poco, y cada plegaria dicha con la lengua dividida, no es capaz de armonizar la palabra; entonces nuestra guía es el fonema. Puedo aun escuchar el caudal de esa noche que fue tan distinta a todas: viví enjaulado durante tanto tiempo dentro de este nombre, de esta cantidad de órganos que me inspiran solo repulsión.

Construí una embarcación en donde podrían caber todos los anuncios prometedores y de esperanzas para esta vida, no supe subrayar la idea de desempacar en un territorio donde la lengua había sido extinta, lo único que me podría saciar era un sonido relampagueante, como el estallido de un cuerpo entre tanto caos, para ser minimizado por el espacio, ser desecho como la última célula en el cabello de un hombre que acaba de morir.

Quise ignorar a todas sus gentes, hablaban tan poco que en sus rostros había colmenas repletas de incertidumbre y aunque estoy convencido de que la incertidumbre es algo de lo que no puedo huir, es también la misma razón por la que decidí renunciar a mi aldea.

Caminando por la orilla de la isla encontré una almohada de aserrín; sabía que esta contenía mi nombre a pesar de no estar escrito; cuando la vi, escuché como un martillo destapando un clavo de una pared de yeso quebrando toda una estructura hasta ahora sólida; como un árbol que se planta sobre el cemento para ser de concreto. Así es como sonaría en un territorio donde las sílabas no se acumulan, no se despliegan. Cómo conocen de mi, dónde removieron pliegos de memoria para asistirme con su estruendo.

Lo cierto es que un individuo descalzo, con los ojos muy abiertos como una laguna donde la marea persiste en madurar y permanece, me decía una oración completa al primer parpadeo, para el segundo fue una historia inabarcable de representar. Dónde estoy, a dónde he llegado, no debo estar muy lejos de mi aldea, estoy perdido, agua, quiero descansar. Fue el humanoide con orejas de elefante y garganta de papagayo el que me sacudió de tal forma que caí abatido sobre la almohada, todavía no comprendía que el cielo podía caber allí, que la palabra incierto no es nada más que un insistente recurso de comunicación verbal, y que ahora toda certeza se escucha y contempla.

En el sueño vi un hombre que no tenía boca, sus ojos amarillentos como un papiro del siglo diecisiete saltaban de su rostro sostenidos por un alambrado, me parecía que no tenía vida pero fue cuando me dijo que la paciencia estaba al alcance de un estallido, su cuerpo hacia las contorsiones más extravagantes que había podido contemplar, me sentí afligido, no podía seguir con esta ceremonia, quise despertar.

Cuando desperté un grupo de individuos con orejas de elefante y garganta de papagayo me levantaron y me llevaron a la orilla de la selva. En el agua reconocí el idioma de todos los mares: Habían unos que colisionaban tan fuerte contra el rompeolas, otros que rumoraban fuerza y desesperación al momento de hurgar la fisonomía de la arena, algunos cansados de abandonarse al océano llegaron a la orilla con el alarido de la calma, hubo alguno que su silencio bastó para saber que había acabado de estrellarse como tropecé con este arrecife.

Poco a poco fui comprendiendo este lugar al que sin tener un presagio había llegado. Para alimentarme mutilaba las extremidades de las plantas, las hacía añicos, ponía a todas sobre una tabla donde eran desintegradas hasta el cansancio por pies de todos los que se servirían. Nuevas formas que yo desde la cólera de una habitación, jamás habría percibido; un mundo nuevo como un idioma que se aprende extinto para nunca volver a ser hablado.

Luego de varios días, podía contar pequeñas anécdotas con los dedos; decir que necesitaba agua para beber podía llevar tiempo, de tal forma que llorar es como el color que transparenta al naúfrago en la deshidratación del cuerpo; solo de esta forma, el líquido sagrado de la tierra me podía ser concedido. Aun así no fue lo suficiente para mantenerme abastecido por la madera que se usa como pilar y se quiebra por su hendidura.

Caminé varios kilómetros antes de ver el límite, el que divisaba con los párpados añejados por el día, como un borde que no se agota de erosionar hasta quedar hecho añicos; a lo lejos dos sombras servirían como guía para saber que la superficie rueda bajo mis pies desenterrados. Era un total desgaste, una masacre seguir empuñando el lodo de este lugar y aprender de él como si mereciera vivir abatido por una garganta que se alimenta de lamentos, dije basta y la noche desmayó por los muros de la superficie.

Aquellas sombras eran la de mi padre y mi hermano, caminaban en dirección contraria pero yo no estuve seguro de ellos hasta cuando escuché el grito de la infancia, nada me hizo sentir más vulnerable que la voz de todos los universos, que hasta ahora sin descubrir, él mismo había creado; no conté con las palabras, las había perdido hace tanto, estaba muy oscuro y el agua a estas horas parece un mar de cadáveres yaciendo como asfalto. Le hablé con los dedos, como me habían enseñado pero nadie me comprendía. Padre por otra parte, sabía muy bien de qué se trataba el juego de los fonemas, hizo un gesto con la ceja y se petrificó en mi espalda el sonido de los huracanes arrancando árboles de sus raíces; es la vértebra de Dámocles me dijo. Todo el mal amenaza con quedar cuajado en la encarnación que me sostiene.

El sonido de la ola es una radio fuera de señal.

Tanto hacerse tierra, tanto caminar con la espalda en la mano, vive tanto como dure la apertura de dos grietas siendo engendradas, tanto hundirse y plegarse a los costados que viajan desde hace tanto a las estepas, tanto reírse resulta incoloro, no encuentro tampoco el olor de los arrecifes y el sonido que produce el cuello de la ciénaga al encontrarse con la misma lengua que la humedece.



ESTA ES LA OLA ARRIBANDO A LA REALIDAD

ESTA SIMPLE E INMENSA ORILLA

DONDE TALADRAN TROMPETAS

PARA EMULAR EL DÍA [[R




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