MÁR/MARA - por Georgina Mexía-Amador




Georgina Mexía-Amador (Ciudad de México, 1985)







El muecín ha comenzado el rezo de la tarde desde el minarete más cercano a la terraza en la que estoy. Cuento desde aquí cada barco suspendido en el Mármara y cada gaviota que grazna sobrevolando los callejones. Estoy lista para enfrentar tu aliento bajo los pliegues de mi piel de anfibio. No olvides que el mar me arrastró hasta esta orilla, casi náufraga, en un intento desafortunado de convertirme en Ofelia: en una hermosa ahogada. El mar se rehusó a ser mi tumba y me escupió para que pudiera volver a ti. Cuando abrí los ojos me supe tendida en la arena, y escuché el canto del muecín multiplicado en mosaicos de voces por todos los minaretes de la ciudad. Supe entonces que me habías invocado. Sólo pudiste ser tú quien me salvara y así me recobré, me puse de pie y anduve por las calles polvorientas y serpenteantes. Me atrajo el olor a pescado del muelle, a orillas del Mármara, y vi cómo gaviotas y hombres se arrebataban los pescados hasta convertirlos en esquirlas de carne blanquecina y escamas. Me dio asco y sentí magullada mi piel de anfibio, lisa, siempre húmeda a pesar del calor y del polvo. El mar me había rechazado una primera vez, y parecía estar recordándomelo.

Mi olfato me guió hasta ti, pero preferí evadirte y subir a esta terraza para ver el Mármara por última vez, como si quisiera guardarlo en el bolsillo y burlarme de que no logró sepultarme entre sus aguas. Los barcos están inmóviles, como en formación para una batalla. Ahora tengo que bajar y encontrarte. Desde las colinas, al otro lado de la ciudad, los muecines responden cada uno por turnos al que canta desde el minarete que tengo casi frente a mí. Es hora. Salgo al fin a la calle: los tapetes cuelgan de los tendederos y los gatos maúllan debajo de los autos, escondidos.

Llego a tu calle bajando la colina y pareciera como si, a esta altura, el mar estuviera por encima de la ciudad, pero no se atreviera a derramarse para ahogarnos. No aún: no será el piélago mi tumba. Puedo olfatear tu esquina. Me acerco. Adivino tu sombra en el interior y al fin te veo como te imaginé todo este tiempo: pones las mesas; acomodas las sillas, los cubiertos; alisas los manteles, como si te urgiera tener todo listo para un banquete. Me detengo en el umbral de la puerta, pero sigues absorto. Huele a mar, a sal. Hay una pecera en el fondo y al verla, extrañamente me siento en casa. No me ves. Intento hablarte pero mi boca arroja algas y trozos masticados de corales agrios. Camino hacia ti para decirte que aquí estoy, que supe que me habías llamado, que he estado escuchando a los muecines que no han dejado de llamar a oración. No oyes mis pasos. Estoy por estirar mi mano hacia la tuya, que coloca un tenedor junto a una cuchara, y es entonces cuando volteas hacia mí. Tu mirada me atraviesa. Bajas los ojos, niegas con la cabeza y dices: Me ha pasado otra vez. El Mármara pocas veces devuelve a los muertos.

Te alejas de mí y al intentar seguirte descubro que no me reflejo en el vidrio de la pecera. Lo había olvidado. De vez en cuando el Mármara me deja volver a tierra, sólo para recordarme que ya no pertenezco aquí. Mi piel de anfibio se agrieta, se reseca: es hora de volver.

El piélago ha sido mi tumba[[R







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