Adán del Edén - por Pterocles Arenarius




Pterocles Arenarius






La evolución de las especies hacia estadios más especializados es posible sólo cuando aquéllas se ven sometidas a fuertes exigencias, las que incluso suelen poner en riesgo su sobrevivencia.


 
El descenso sobre Helcano, luego de dejar un útil satélite en órbita, fue lento y expectante en una llanura inmensa y árida. Habíamos percibido múltiple actividad que podía ser por vida existente. Decidí descender en la gran llanura porque pedir instrucciones a la Tierra no era posible. A la velocidad de la luz el mensaje y su respuesta requerirían veinticuatro punto ocho años.

Exploramos el grave desierto. Había abundantes muestras de vida unicelular que recogimos. Nuestro satélite indicaba, a unos ciento ochenta kilómetros, norte treinta y seis grados Este, la terminación del desierto y un territorio que nosotros llamaríamos bosque.

Fuimos allá. Tras media hora de viaje a 200 km/hr la llanura era otra. Encontramos lo que en nuestro planeta sería un árbol. Un heroico vegetal en medio de la nada, bien podría vivir en nuestro planeta, aunque su color, hojas y tallo eran muy raros. Los biólogos se encarnizaron al arrancarle hojas, corteza, pedazos de rama, semillas, frutos y hasta trozos de raíz.

Ordené continuar el avance hacia el anunciado bosque. Llegamos ante una gran masa de niebla tan densa que no dejaba ver a pocos metros. Avanzamos. Había muchos más vegetales. Gracias al satélite hallamos nuestro bosque, luego, un delicioso río descendiendo precioso y cristalino, la neblina era menos espesa.

Llegamos a un claro. Es difícil describir sitio tan bello. Flores insólitas de tamaños, texturas y colores increíbles, tonos jamás vistos en la Tierra. Follaje de azules y amarillos con matices verdes; las formas y enormidades eran difíciles de creer. Frutos como ubres descomunales se ofrecían como ansiosas por saciar a depredadores hambrientos. Era la imagen del paraíso. A través de nuestros trajes astronáuticos, creíamos sentir tibieza del clima, generosidad del suelo, benevolencia de la luz de Ceres ―ese sol―, dulzura y nutriciosidad de frutos. Pensé que ni el mismísimo y ladino Yahvé habría imaginado Edén más benévolo y grato. Decidí el regreso a nuestra nave. Ceres, el que alimenta a Helcano ya declinaba. Acumulábamos abundante material.

Aunque nuestros hijos fueran mayores que nosotros al estar de nuevo en la Tierra y nuestra pareja amorosa ya fuera vieja y hubiese hecho vida al lado de alguien que no albergara nuestra insensata idea de viajar 24.8 años luz en el espacio a 0.65C de velocidad y regresar casi cuarenta años después habiendo envejecido sólo siete, regresar.

Nuestra misión era un éxito absoluto, llevábamos vegetales de doscientas variedades jamás vistas ―y eso porque no podíamos cargar más― y muestras minerales que asombrarían al mundo. Aunque llegáramos treinta y ocho años después de partir. Seríamos grandes héroes de la humanidad que sacrificaron más de treinta años de sus existencias para descubrir el primer planeta con vida.

Atravesamos un pequeño promontorio en dirección a los vehículos que dejamos fuera del bosque. De pronto nos detuvimos en seco, estupefactos, sobrecogidos. Estaba un hombre..., bien podía haber sido un pulcro alemán o un resplandeciente nórdico, como quería Hitler que debiera haber sido “la raza superior”. Muy alto, como un metro noventa, rubio, macizo y de mirada inteligente, de unos cuarenta y dos años, pelo largo y barbas muy crecidas apenas empezando a encanecer, esbelto y... totalmente desnudo. Éramos treinta y seis personas pasmadas. El hombre no nos notaba.

Siendo el jefe, tomé la iniciativa. Todos esperarían ocultos. Dos de nuestros cinco militares me protegerían apuntándole y yo me acercaría, envié a los otros tres a explorar por si había más aborígenes. El tipo estaba a cuarenta metros, parecía pasear por el jardín, buscaba quizá algún fruto. Ahí parecía imposible la lucha por la sobrevivencia, la alimentación algo simple y natural, no un acto de depredación y muerte. Mis hombres, ya cerca, lo pusieron en su mira, me aproximé.

A veinte metros el sujeto no me veía. Di dos aplausos. Sólo entonces volteó a mirarme con desquiciante serenidad. Mi corazón palpitaba con violencia y el hombre se veía escandalosamente tranquilo. Mis soldados, ocultos, lo tenían encañonado. Activé el micrófono, levanté la mano y le dije “Hola”. Pareció pensar. “Hola”, contestó. Su voz y pronunciación eran indescriptibles. Luego, imitándome, también levantó su mano.

―Hernández, Juan Hernández... ―dije señalándome―, mi planeta se llama Tierra, a 12.4 años luz... ―dirigí mi dedo índice al cielo y me descubrí asombrándome de estúpido.

―Her-na-nde-z... uan-her-na-nde z... ―dijo él haciéndome comprender que mi lenguaje nada tendría en común con el suyo, pero que intentaba pronunciar mis palabras. También imitó la mímica señalándose y apuntando al cielo. Ése era un ser de otro mundo.

―Amigos, tú y yo amigos... ―dije e hice una reverencia salida del profundo inconsciente: me incliné y le mostré mis dos manos. Descubrí el origen del antiguo gesto entre los terrícolas. El hombre me miró embelesado y, luego de pensar un poco, repitió mi ademán. Se lo agradecí al infinito. Mi mente buscaba con desesperación manera de comunicarme con ese hombre inverosímil.

Empecé a hablar como presa de terrible urgencia abundando en mímica, dibujé en el suelo mi planeta, le dije que habíamos viajado lo que dura una vida, que habíamos firmado ante el gobierno un documento de renuncia legal, pues regresaríamos en 38 años, garabateé la Vía Láctea, el brazo de Orión; él miraba curioso. A veces repetía alguna de mis palabras, observaba los dibujos en el piso. Mis compañeros no armados se acercaron. Lo noté cuando miró sobre mis espaldas. No estaba asustado y no tenía idea de estar en nuestras manos. En flagrante acto de indisciplina nos rodearon mis compañeros. Él seguía tranquilo como si no estuviera entre alienígenas invasores. Le dije:

―Queremos escucharte ―e hice mímica exagerada: mano a la boca, a él y a mis oídos. Nos miró rodeándolo y dijo:

―Jeremos esjusharteeee. ―Con su voz de otro mundo y repitió mi ridícula gesticulación.

―Se está burlando de nosotros ―dijo un guía.

―No, está discerniendo. Sólo Dios sabe qué hablará o quizá se comunique de otras formas ―defendió un antropólogo. Llegaron dos de mis soldados...

―Todo en orden, comandante. Hay dos hombres vigilando los alrededores y uno más tiene en la mira al objetivo.

―Bien. Continúe la vigilancia y mantenga en su puesto al que nos protege... ―bombardeamos al hombre:

―¿Cómo se llama tu planeta? ¿Cómo te llamas tú y tus congéneres? ¿Tienen ciudades? ¿Cómo es su civilización? ¿Ya rompieron la barrera de la luz? ¿Cuántos planetas hay en este sistema planetario?

No contestó. No debimos esperarlo. Nos dimos cuenta que, aunque hermoso, aunque pareciera “inteligente” e incluso civilizado, aunque repitiera algunas palabras, su cerebro no era más apto que el de un mono. Alguien dijo que un perro terrestre era más inteligente.

En ese momento vinieron dos de los que vigilaban. Informaron:

―A dos kilómetros en dirección Norte cincuenta y cinco grados Este hay una tribu de gente como él.

―Bien, gracias. Acamparemos aquí, avisen a la gente en la nave que no regresaremos sino hasta nueva orden, indíquenles que se trasladen hasta nuestra ubicación dejando la nave debidamente protegida. Los demás, preparen un campamento. Ustedes, militares, capturen al individuo y pónganlo bajo su resguardo. Sigan vigilando a la tribu, la visitaremos. Señores del cuerpo legal, levanten el acta: el gobierno terrícola de América Latina y los Estados Unidos de norte, centro y sud América, por medio de esta tripulación, toma posesión de territorio, bienes materiales, recursos silvícolas, minerales y del subsuelo, así como tierras y aguas en el territorio del planeta Helcano; los humanos, habitantes de estos territorios pasan a ser protectorado del dicho gobierno; todo dentro de las coordenadas que indican los límites cuyas cifras cartográficas ha tomado nuestro satélite, con la salvedad de que con el avance de la exploración tales límites se modificarán.

El hombre, que fue bautizado como Adán del Edén, fue enjaulado en un armatoste de madera y tiras de vegetales de su propio planeta. No opuso resistencia, parecía asustado y desconcertado. Lloró de manera tristemente parecida a la de un perro. Nunca se mostró agresivo. Las condiciones de su planeta jamás le exigieron más inteligencia, hipotetizo.

Tras treinta días de Helcano, ordené regresar a la Tierra. Capturamos a veinte, entre hombres y mujeres. Ninguno mostró más inteligencia que Adán. Cargamos varias toneladas de suelo, vegetales, gases, líquidos y minerales.

Ya en viaje, nos enteramos que algunos tripulantes de apoyo y otros, militares, en momentos fuera de mi control, incursionaron en la aldea de la única tribu encontrada (debe haber muchas más, pero no teníamos tiempo para explorar un planeta más extenso que la Tierra) y abusaron sexualmente de un número indeterminado de mujeres. Estúpidos. Serán sometidos a juicio sumario en tránsito. A Adán del Edén lo dejamos en su planeta. Habrá perdido la inocencia.

En unos treinta años regresaremos.
Me preocupa que quizá encontremos descendientes de terrícolas [[R









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