Ovidio conoce a Spike Jonze en La Casa De Los Espejos - por Nayeli García Sánchez




Nayeli García Sánchez (Ciudad de México, 1989)





I thought, I found a way to enter

It’s just a reflektor (it’s just a reflektor)

Arcade Fire




Si se mira desde la puerta al interior del cuarto, podrá tenerse una imagen completa del espacio. Tres de las paredes están tapizadas de espejos. La cuarta es un vitral que adorna la ventana. Cuando entro a mi nueva casa, veo entrar un número infinito de Nayelis. Mi figura se reproduce en el encuentro de unos espejos frente a otros. Todavía no me acostumbro a esta multiplicación interminable de mi cuerpo. El ejército de yoes se mira confundido.

El nuevo hábitat tiene cantidades iguales de comodidad y extrañeza. La disposición de los espejos provoca que sólo al ver por la ventana uno se sienta en verdadera soledad. Alguien debió pensar que en un departamento tan reducido no habría espacio más que para conocerse a uno mismo.

Me divierte la idea de que el dueño original que puso los espejos era lector asiduo de Umberto Eco. Dando por buena esta teoría, podríamos pensar entonces que se trataba de una persona con deseos de poder considerables. Su amigo Eco sostiene que los espejos son prótesis del cuerpo en tanto que amplían su radio de acción. A manera de microscopios o de binoculares, los espejos nos permiten acceder a una realidad que con la pura mirada sería imposible alcanzar. Suele pensarse que los espejos invierten la realidad, que donde está la derecha aparece la izquierda y viceversa. El buen Umberto disiente de esa opinión, los espejos no son espacios alternos. Son superficies que reflejan los objetos sin alterar sus lados. Uno bien puede tocar el espejo y ver como si la mano con volumen tocara la mano bidimensional. El italiano dice: “Los espejos no tienen dentro y fuera, quien afirme lo contrario está confundiendo virtualidad con congruencia”. Hablar de la inversión de lados dentro de un espejo (y Alicia se decepcionaría tanto al saberlo) es hablar de una ilusión que tiene que ver con nuestros hábitos de lectura de las imágenes a dos planos y no con el reflejo fiel de los espejos. En una fotografía, por ejemplo, el lado derecho del observador sí es el lado izquierdo de la imagen capturada.

Levanto la vista al terminar de escribir estas líneas y me miro mirarme en los espejos. Mi expresión no es la de alguien satisfecha. Parece que todavía no encuentro lo que busco en este ensayo. Bien nos dijo Umberto antes de salir por la primera página que las palabras no tienen la capacidad de representar objetos; por otro lado, los espejos son iconos perfectos pero no son signos. Reproducen los objetos sólo en la exposición simultánea de uno frente al otro, en cambio las palabras refieren cosas que podrían estar ausentes, en ese sentido sirven para mentir, dicen algo sobre cosas que, al menos potencialmente, podrían no estar allí. Los espejos funcionan sólo si la mirada y el objeto reflejado convergen simultáneamente sobre la superficie azogada. Alargan distancias y órganos pero no doblan el tiempo. Y sin tiempo, Eco sonríe, no hay mentira.

Ahora debo interrumpir la escritura porque toca a la puerta Ovidio, viene a cobrarme la renta. Después de que le sirvo un café, fija los ojos en su reflejo a la derecha y vuelve a narrar la historia de Narciso, famoso hijo del río y la náyade, y Eco (no el teórico, la ninfa), su eterna amante. “Si Narciso se enamoró de sí mismo fue porque, al menos por un momento, pensó que veía a otra persona”. No, señor Ovidio, acuérdese, Narciso dijo: “¡Ése soy yo! Me doy cuenta; y no me engaña mi imagen: me abraso de amor por mí, y muevo y sufro las llamas”. Mientras ardía y se veía arder de amor ante su reflejo en el agua, el joven supo que la imagen que lo enamoraba era la suya. Ovidio asiente y se conmueve ahora de la pobre Eco, condenada a ser voz sin cuerpo. “La tragedia de Eco, en todo caso, fue ser imago vocis y no imago imaginis”, dice con especial énfasis en su pronunciación perfecta del latín del año Cero.

Narciso se enamora de un reflejo fiel de su figura. La imagen que contempla es exacta y bella, podría seguir viéndola durante todas las edades de los hombres; sin embargo, el deseo fracasado de unión con su amante hace que la muerte parezca mejor que la vida: su figura desaparece cada vez que él toca el agua y rompe su cristalina superficie. Estima que morir sería la única manera de volverse uno consigo mismo. Entonces Narciso se derrite de amor, sus miembros se deshacen en agua y una vez que la muerte ha cerrado sus ojos, nace una flor que siempre crecerá junto a los ríos. Eco pena desconsolada la muerte de su amado. Imagen casi especular de Narciso, ella estaba condenada a ser sólo reflejo de las voces que la llamaran.

“¿Qué pasaría se pregunta en ese momento Ovidio si Narciso hubiera encontrado placer en verse reflejado, de manera sonora y no visual, por Eco?” Llega usted tarde a esa idea, Ovidio, apenas hace unos meses hubo una película que se trata de eso. Ante su aspecto azorado, me veo obligada a contarle de Her, esa película de 2013 escrita y dirigida por Spike Jonze que reelabora el mito de Narciso desde la ciencia ficción. En un futuro incierto, un hombre, Theodore, se enamora del sistema operativo inteligente que acaba de comprar. La publicidad lo anuncia como una conciencia que puede escuchar, entender y conocer al usuario. El sistema, que elige el nombre de Samantha, está programado con una base de millones de personalidades, que evoluciona a partir de sus “experiencias” con el mundo.

El amor entre usuario y sistema funciona sólo dentro del tiempo en que la única vía que Samantha sigue para aprender cosas nuevas es Theodore. Este nuevo Pigmaleón no esculpe el cuerpo de su amor, sino algo que podríamos llamar, no sin cierta incomodidad provocada por las implicaciones ontológicas, su ser. Ella es el reflejo de él. La Eco tecnológica responde ante los estímulos de su Narciso. Con la estructura básica dada: ante A, buscar B, elaborar C, responder D, Theodore es parte de Samantha a un nivel que ninguno de los dos logra comprender. De la misma forma que Google configura sus resultados de búsqueda a partir de las preguntas previas de los usuarios, ella adquiere la personalidad que él necesita.

Conforme la trama avanza, los sistemas operativos inteligentes de este mundo futurista comienzan a dialogar entre ellos y parten a una especie de lugar en blanco inaccesible para la mente humana. Pareciera que viajan hacia el sentido absoluto, fuera del tiempo y el espacio. El amor entre Theodore y Samantha llega a su fin.

El italiano Umberto estaría fascinado de que Samantha sea una voz que no nace de ningún cuerpo. Normalmente, las voces son signo de la existencia de los cuerpos, es decir, si escuchamos una voz, es lógico suponer que hay un cuerpo del cual surge. En el mito de Ovidio, Eco depende del habla de Narciso; en la película de Spike Jonze, Samantha repite a Theodore pero no de manera idéntica: su programación está diseñada para elegir algunas partes del diálogo, configurar una respuesta y satisfacer al usuario. Él la ama porque ella le dice lo que quiere escuchar. En este sentido, Samantha es la proyección de Theodore. ¿No es así?

A pesar de esta explicación, Ovidio no se muestra nada convencido con la manera de actualizar el mito. ¡Es tan difícil impresionar a los clásicos! “Este Narciso no toma conciencia de que está enamorado de su propia imagen, ¿cómo podría entonces hacer la metamorfosis en flor?” Es cierto, Ovidio, la metamorfosis de Theodore acaso sea interna, menos bella, y consista en limar asperezas con su exesposa y en recuperar algo de autoestima. Como resultado de su relación con Samantha, él descubre que es capaz de amar: logra escribirle una carta a su antigua esposa y acercarse a otra mujer de carne y hueso.

Theodore era escritor de cartas ajenas. Con pocos datos sobre la situación previa, podía escribir como si fuera otra persona. Su habilidad para imitar voces se contrapone a la composición de Samantha, creada a partir de la personalidad de sus programadores. Theodore va de la identidad a la multiplicación. Samantha parte de la multiplicidad y tiende al uno. Ni siquiera con esta interpretación logro causarle asombro a Ovidio, que se levanta de la silla, sacude su toga, la acomoda frente al espejo y se despide.
Ahora, como al inicio, sólo estamos yo y mis reflejos. No me parece efectiva la salida abrupta de Ovidio que escribí en el párrafo anterior. Pero, ¿qué hacer con un huésped que ya te ayudó a decir lo que buscabas? Invitar a Eco y a Ovidio al ensayo sobre Spike Jonze parecía adecuado para mostrar la reescritura de un mito. Tras ver la película, las Nayelis de los espejos se lanzaron a recitarme al mismo tiempo las lecturas que se les ocurrieron para que escribiera un ensayo sobre el tema. No había motivo para esconderlas bajo una sola voz que las negara, pero tampoco me pareció necesario enredar sus apariciones en el texto con una secuencia del tipo: Nayeli le dijo a Nayeli que le dijo a Nayeli que le respondió a Nayeli que corrigió a Nayeli que... En el intento desesperado de ponerlas en orden, acomodé sus voces bajo una estructura y les di nombres propios. En ese sentido, este ensayo es una casa de espejos diferidos. Rompimos el tiempo porque el espacio se multiplicó. ¿Será que escribir es una manera de congelar los espejos? [[R
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