Astrolabio - por Raquel Castro



 
Raquel Castro 
 
en memoria de Jean Ray




Hay que tener el barco listo para partir: marineros en cubierta, velas a punto, varios mocetones listos a levantar el ancla. A veces pasan días y días de estar así, alertas; a veces, la tripulación se desespera y se emborracha o se distrae o se duerme o mata al capitán, con lo que se pierde para siempre la oportunidad del viaje. Por eso es tan importante elegir bien a cada marinero y llevar el alcohol bien escondido, para sacarlo únicamente cuando realmente haga falta. Por eso, además, es necesario haber entendido a la perfección cada una de las instrucciones, y haber hecho con minuciosidad cada uno de los cálculos: de otro modo, se puede equivocar uno por horas o por semanas -¡o años!- con las obvias consecuencias.

Yo estudié incontables libros antiguos, cartas de navegación y bitácoras de capitanes retirados o fallecidos antes de estar bien seguro. Mis investigaciones me hacían pensar que nunca en esta vida podría emprender el viaje: hacía falta un instrumento de medición que no cualquiera conseguiría. Sin revelar mis intenciones hablé de ello con los ancianos del puerto, pero ninguno había visto lo que les describí. Mientras, la angustia comenzaba a desbaratarme por dentro: según mis cálculos quedaban sólo un par de semanas para tenerlo todo listo.

            Estaba a punto de darme por vencido cuando recibí la visita de una mujer que tenía rastros de haber sido bella: me recordó una flor seca, de esas que dejan los enamorados entre las páginas de un libro. Antes de que pudiera reaccionar, la tenía sentada frente a mí, en la taberna. Antes de que pudiera decirle nada, puso en la mesa una caja de madera, a todas luces antigua.

            —Supe que buscas esto. Yo creo que podemos encontrar un arreglo —me dijo. Me sorprendió que su voz fuera mucho más joven que ella. Era como si la flor prensada del libro aún tuviera aroma.

            —No te distraigas, no tenemos tanto tiempo —insistió con esa voz a la vez cortante y dulce. Quizá me sonrojé: no estoy acostumbrado a que una mujer me hable, menos a que me dé órdenes. Así que, con un esfuerzo, me recompuse y tomé la caja entre mis manos. La tapa tenía un grabado del que se cuenta  en muchos libros secretos: un barco navegando en un océano, una sola estrella sobre el barco y, en el horizonte, la silueta de lo que podría ser un palacio.

            Nadie había visto ese emblema en mil años.

            —¿Es de Nastulus? —pregunté.

            Ella asintió con la cabeza.

            —Pero… ¿cómo?

—Mi marido lo usó para encontrar lo que tú buscas.

—¿Se lo robaste a tu marido? —le pregunté, de súbito nervioso y desconfiado.

—Mi marido, bendita sea su memoria, regresó con un tesoro y en el viaje de vuelta fue traicionado. Lo tiraron por la borda y su contramaestre se quedó con lo que no era suyo. Ahora él ha muerto también, y es tiempo de que el tesoro vuelva a la Verdadera Casa de la Sabiduría de al-Mamun.

—¿Me vas a dar un tesoro para que me lo lleve? ¿Vas a confiar así en mí, sin conocerme?

—Sí y no. Mi precio es éste: voy a ir contigo.

Evité hablar de inmediato. Es el mejor modo de no decir algo de lo que se puede uno arrepentir más tarde. En lugar de eso, abrí el estuche y me maravillé ante la perfección del astrolabio. Más de mil años posados en mis manos. Sentí ganas de llorar.

—Además tengo sus cálculos y sus mapas. Te puedo ser de mucha utilidad —insistió, casi en un ruego. Asentí: el deseo hablaba por mí.



Pasamos los siguientes días afinando detalles. Lo más difícil no es conseguir las provisiones ni alistar hombres más o menos leales. Lo que puede enloquecer a cualquiera es sentarse en la quilla a esperar, mirando el cielo, el instante justo en que aparecerá la estrella esquiva, esa que sólo cruza la bóveda celeste una vez cada setenta o más años y nunca en un ciclo regular.

            —En cuanto veas la estrella debes usar el astrolabio y, al mismo tiempo, ordenar la partida. Si nos tardamos más de unos minutos, todo será en vano —me repetía ella.

            Ocurrió de repente: más brillante que cualquier otro astro, estaba ahí, en medio del cielo, como si ese siempre hubiera sido su lugar. Di la orden de partir a la vez que sostenía en mis manos el astrolabio y comenzaba mis cálculos.

Entonces, de reojo, vi a la mujer, de pie en cubierta. Me obligué a hablar, tan sólo por hacer conversación:

            —¿Cuál es el tesoro? —fue lo único que pude preguntar.

            —Yo —me respondió con una sonrisa.

            Aparté la mirada del astrolabio y la miré de frente: alumbrada por los rayos de la estrella, movida por el viento, ya era joven otra vez, más hermosa que cualquier cosa que hubiera visto nunca en tierra o en el mar.

Me pregunté cómo sería al terminar el viaje.

Y partimos en medio de las olas [[R







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