Reflexiones sobre las caídas - por Abril de Romero



 
Abril de Romero (Guadalajara, 1990)




Con excepción de los futbolistas nadie procura caerse. Las caídas son indeseables, vergonzosas y potencialmente dolorosas. Sin embargo, resbalarse con una cascara de aguacate o tropezarse con el propio pie, son pequeños deslices de estupidez que mientras no ocurran en la azotea de un edificio de quince pisos, no representan un riesgo para la integridad o la vida de quien se cae; por el contrario, en caídas bobas como éstas, se pueden encontrar al menos cuatro aspectos positivos que muchas veces pasan inadvertidos, ocultos entre los moretones y la risa de los testigos:

1. La adrenalina: Tras algún tropiezo, palabra que no por casualidad se parece a torpeza, sentimos que la superficie en la que andamos se desestabiliza y ese aparente cambio de estado, irremediablemente conducirá al torpe en cuestión al suelo. Ese momento cuando uno está por caer, es muy similar a cuando se llega a lo más alto de la montaña rusa y el descenso es inminente. El estómago se llena de mariposas, pero no de esas bonitas de colores, sino de mariposas grises y furiosas a las que alguien les acaba de rociar insecticida. Después, la sangre se traslada a las extremidades; mientras la barriga, y otras partes del cuerpo, se fruncen. Por un momento inferior a una milésima de segundo se siente que uno caerá al vacío.

Si esta sensación fuese del todo desagradable, la gente no pagaría por entrar a los parques de diversiones, y a su vez, estos en vez de llamarse de diversiones tendrían que tener otro apelativo como Parques de mareos, angustias y sufrimiento. Por tanto se puede decir que la adrenalina es un punto a favor de las caídas. La principal diferencia entre caer de una montaña rusa, y caerse en la calle es que en los juegos mecánicos uno tiene la certeza de que no habrá de tocar el suelo; pero en las caídas espontaneas, la relación de uno mismo con el piso depende únicamente de los recursos y reflejos personales. Así, uno puede llegar al suelo con la agilidad de un ángel de Charlie, o puede caer con la gracia y elegancia de Pacquiao cuando fue noqueado por Márquez.

2. La perspectiva: Erróneamente pasamos la mayor parte del día viendo el mundo desde el limitado campo visual de la propia altura y generalmente se ignora todo lo que hay de las rodillas hacia abajo. Pero en ese momento preciso, entre que uno se queda tirado y poquito antes de levantarse, se pueden descubrir otros elementos del mundo. Se siente la textura propia del suelo, con piedras, baches, grava o vidrios. Desde allí son visibles las llantas de los autos, las agujetas de los transeúntes, los chicles y otras cosas  que la gente escupe. Además, si se cae de espaldas, se puede apreciar la magnitud del cielo o incluso las figuras que se forman en el techo y otros detalles que en lo cotidiano pasan desapercibidos. Quedarse caído es adoptar la perspectiva visual de los niños pequeños o la de los perros; es la oportunidad de ver el mundo desde otro ángulo, quizá más humilde, diferente al que se tiene cuando uno siempre mira de arriba hacia abajo.

3. La levantada: Tras el impacto, y el respectivo dolor, el primer anhelo del caído es ponerse de pie. A veces esto se puede hacer inmediatamente, como las personas que se caen, se levantan y sin inmutarse siguen caminando hacia su destino, o hacia un lugar más privado donde  llorar y sobarse. Los que no se paran en seguida, se quedan quietecitos un rato y aprovechan para reflexionar, recuperar el aliento y escudriñar sus golpes, esperando a que las fuerzas les regresen al cuerpo, o  si la caída fue muy fea, aguardan pacientes hasta que otro les ayude a pararse.

Ni en caídas, ni en caídotas, hay quien se quede en el piso para siempre. En los peores casos, si uno ya no se puede mover, siempre habrá un amable camillero que le haga a uno el favor. Tarde o temprano todos se levantan, y en ese absoluto estriba lo positivo. Tener la suficiente fortaleza para hacerlo por uno mismo es muy satisfactorio, pero también es reconfortante saber que cuando alguien cae, siempre hay otros dispuestos a levantarlo, aunque a veces uno tenga que esperar a que esos otros dejen de reírse.

4. La anécdota: Es trillado asegurar que toda caída deja un aprendizaje, de hecho, conozco a más de alguno que aunque ya se ha caído, vuelve al mismo camino y busca la misma piedra. Lo que no se cuestiona es que toda caída deja una anécdota, ya sea para compartirla o para guardársela. Cuando el dolor, el moretón o la pena se van, uno evoca su caída y puede contar o contarse a sí mismo la historia, y sentir cierta simpatía al rememorarla. Con el tiempo, toda caída llega a volverse parte del conjunto de cosas que le dan forma a uno mismo, un recuerdo, una cicatriz, un aprendizaje…

Así, las personas se caen y se levantan constantemente y nada de extraordinario hay en ello, porque la vida misma ocurre en ese espacio entre el arriba y el abajo, entre el andar y el azotar. Caer es algo cotidiano, por eso no hay que agobiarse en exceso por evitarlo porque si uno se queda quietecito en casa para evitar caerse, puede ocurrir que el techo sea lo que le caiga a uno encima y entonces sí la cosa terminaría siendo verdaderamente grave [[R




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